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Reportes especiales: «Dinámicas de la desigualdad»

Göran Therborn.

La desigualdad es una noción moderna. Las diferencias de riqueza, de poder y de estatus –entre ricos y pobres, hombres y mujeres, jóvenes y viejos– son antiguas, por supuesto. Las grandes religiones de la salvación –budismo, cristianismo e islam– alumbraron nociones de la igualdad de las almas humanas, que en algunos casos pudieron desarrollarse hasta dar lugar a un igualitarismo anclado en este mundo, en lugar de en el próximo: así, la celebrada defensa de la población nativa de América por parte del clérigo español Bartolomé de las Casas, por ejemplo, o la campaña de los abolicionistas anglosajones contra el tráfico de esclavos. Este igualitarismo inspiró levantamientos populares, desde la guerra campesina en Alemania en la década de 1520 a las grandes rebeliones Taiping y Tonghak del siglo xix en China y Corea. Hubo una extrapolación bíblica –«Cuando Adán araba y Eva hilaba, ¿quién era entonces el caballero?»–, que se hizo popular en muchas lenguas europeas. Pero el concepto moderno, secular, de igualdad se fue forjando en el curso de la lucha entablada por la burguesía europea contra la aristocracia gobernante, una lucha en la que la Iglesia oficial y su alto clero, de cualquiera que fuera la variante del cristianismo, tomaron partido por la aristocracia, hecho por el que luego la Iglesia pagaría un alto precio: la extraordinaria secularización de la mayor parte de Europa. La lucha de la burguesía se centraba en la igualdad existencial en su forma legal; desafiaba los privilegios de la aristocracia y su pretensión, más destacada en Francia, de ser, frente a los meros comunes, un tipo superior de ser humano. Pero esta igualdad cívica entre los caballeros propietarios y educados de las revoluciones atlánticas pronto fue desafiada hasta el punto de la extinción por las convulsas polarizaciones sociales del capitalismo industrial. La desigualdad social entró en la arena política, así como en la agenda 70 nlr 103 intelectual. Pero si la igualdad puede verse como el valor definitorio de la izquierda moderna, tal y como ha sostenido Norberto Bobbio, en el seno de los movimientos de la clase trabajadora, feminista y de los nacionalistas progresistas, esta noción se hallaba normalmente inserta en otros conceptos (la emancipación, la liberación, el socialismo, etcétera) a los que estaba subordinada; o bien iba de la mano de exigencias concretas de empleos, salarios dignos, seguridad social, libertad sexual, independencia nacional, etcétera. Ahora que algunos de estos conceptos han perdido su carácter de evidencia, mientras las desigualdades van mutando hacia formas nuevas y más fuertes, con el derrumbe de sus viejos baluartes institucionales, las críticas a la desigualdad y las preocupaciones en torno a la igualdad –en tanto que proceso y como horizonte, más que como estado– van ganando centralidad. Fue Amartya Sen quien, en este contexto, planteó la pregunta: «¿Desigualdad de qué?», y respondió: «De posibilidades para la actuación humana»1 . De esta forma dotó al igualitarismo de una base teórica sostenible, relevante tanto para los filósofos sociales, perdidos en el nacionalismo utópico de Rawls –es decir, el utopismo radical de su Theory of Justice y el nacionalismo filosófico de su Law of Peoples–, como para los economistas de última hora, felizmente ignorantes no solo de Marx, sino también de Ricardo. Desde esta perspectiva, la desigualdad es un constructo histórico. Bajo el presente orden global, la mayor parte de la humanidad se ve privada del potencial para realizar todas sus capacidades. Seis millones de niños mueren al año antes de su quinto cumpleaños; las posibilidades de supervivencia de aquellos que nacen entre el 20 por 100 más pobre del mundo son solo la mitad de las de quienes nacen en el quinto más rico. En India, casi la mitad de la población sufre retrasos en el crecimiento físico y mental durante la niñez, un problema del que muchos no llegan nunca a recuperarse del todo. También en Gran Bretaña, la impronta de clase en los bebés es ya visible a la edad de veintidós meses. En este sentido, la desigualdad es tal vez el mayor «crimen contra la humanidad». El planteamiento de Sen ha sido codificado desde el punto de vista estadístico en el Índice de Desarrollo Humano producido por el Programa de Desarrollo de Naciones Unidas, que se centra en las dimensiones de la esperanza de vida, la educación y la renta. En años recientes, el pdnu ha comenzado también a calcular la desigualdad en el desarrollo dentro de las naciones y de las regiones: el África subsahariana se sitúa en los peores puestos, seguida de Asia meridional; la desigualdad de renta es más elevada en América Latina que en ningún otro lugar; la desigualdad educativa es más alta en Asia meridional, mientras que la esperanza de vida más desigual del planeta es la del África subsahariana

Link: https://newleftreview.es/issues/103/articles/goran-therborn-la-dinamica-de-la-desigualdad.pdf

Publicado por Santillán Guzmán Fernanda.

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